No queremos cuentos de ADAs

Si vives en Donosti y nunca has visto un ADA, es porque a veces cuesta distinguirlos. Un ADA es un Alojamiento Dotacional en Alquiler y, aunque nos lo intenten vender como tal, no es una vivienda. Es una «solución habitacional temporal» construida en parcelas donde la ley prohíbe edificar hogares. Esto permite a los políticos ignorar parcialmente normativas de metros cuadrados, ruidos o distancias mínimas a carreteras que cualquier vivienda digna debería cumplir. Incluso podrían optar por poner una cocina o un comedor común a todo el edificio. En Donosti, este modelo ha funcionado bien durante los últimos de 20 años bajo gestión municipal, con 579 alojamientos repartidos en diferentes zonas, adjudicados por sorteo hasta 2023, fecha en la que se cambió por el método de baremación.
Hasta la fecha el Gobierno Vasco, en Donosti, sólo gestiona (por decir algo porque el verbo gestionar le queda grande a la labor que realiza), una promoción de 125 ADAs en el barrio de Intxaurrondo. Pues ahora pretende sembrar la periferia de Donosti con cientos de ADAs, asignados por baremación, asegurando que facilitarán la
emancipación de jóvenes donostiarras de clase media y que convivirán en armonía con personas mayores de 70 años, que también disfrutarán de estos alojamientos a cambio de prestar su vivienda para alquileres gestionados por el mismo Gobierno Vasco.
Aunque intenten contarte cuentos de ADAs con final feliz, la realidad es y será muy distinta. Pero no hace falta que inventemos otros cuentos para entender los motivos. Basta con analizar datos publicados en las webs del Gobierno Vasco y boletines oficiales para desmontarlos.

  1. El cuento de la prioridad local
    Nos cuentan un relato de final feliz sobre jóvenes donostiarras que accederán a estos alojamientos, pero en la baremación oficial se asignan sólo 5 puntos más a los donostiarras frente a cualquier persona empadronada en cualquier municipio de Euskadi. Para hacernos una idea del peso en “la nota” final: Cada año que una persona que busca una solución habitacional lleve inscrita en Etxebide suma 5 puntos. Por lo tanto, la antigüedad en las listas tiene un peso mucho mayor que el empadronamiento.
  2. El cuento de las clases medias
    Resulta insultante llamar «clase media» a una persona joven que cobra el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) de 17.000 € anuales, pero incluso bajo esa lógica, los números no cuadran. Una persona que percibe la Renta de Garantía de Ingresos (RGI), que se estima en 7000 € anuales, obtiene 20 puntos en el baremo, frente a los 10 de quien percibe el SMI (y sólo 5 si ingresara entre 25000 y 30000). Hay que recordar que los ADAs están destinados, por definición, “al alojamiento temporal de personas con dificultades de acceso a la ocupación legal de una vivienda”.
    Aunque el Gobierno Vasco aplicara la misma medida que ha tomado en otras promociones de vivienda protegida y suba el límite superior de acceso a los 46.000 € para «incluir» a la clase media, la realidad es que nadie con esos ingresos entrará jamás en un ADA. Si de verdad quisieran dar una oportunidad a las personas jóvenes de clase media, deberían subir el límite inferior de acceso (actualmente en 3.000 €) hasta el SMI. Pero claro, eso no queda tan bien en un programa electoral.
  3. El cuento de la solidaridad, la empatía y el tremendismo
    Cuando los políticos tachan de insolidarios a los barrios que recelan de estos proyectos, ocultan una intención preocupante: su empeño en concentrar nuestra vulnerabilidad social en macro-promociones de hasta 200 alojamientos.
    Mientras el sorteo dejaba la convivencia en manos del azar debido a la secuencia en la lista, el baremo actual es una fórmula infalible para crear guetos. El sistema otorga hasta 30 puntos por pertenecer a varios colectivos en riesgo, como recoge el BOPV del 26/6/2015, “jóvenes, inmigrantes…, personas pendientes de realojamiento por operaciones urbanísticas…, personas de colectivos en proceso de reinserción…, personas sin hogar,… y otros en similares circunstancias”. Si sumamos esto a unos ingresos basados en la RGI, la brecha con esos «jóvenes donostiarras de clase media» se vuelve insalvable. En ese entorno, la emancipación real en un ADA es una quimera. Y no son prejuicios, esos prejuicios de los que los políticos nos acusan. Es la realidad que cualquiera puede comprobar visitando sus ADAs del barrio de Intxaurrondo.

Llegados a este punto, la clase política solo tiene dos opciones: Decir la verdad y aceptar el rechazo de la ciudadanía o convertir sus cuentos en realidad mediante cambios profundos en las políticas de asignación y gestión de estos alojamientos. Pero, por favor, «no nos contéis más cuentos de ADAs».

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